EL "CINQUECENTO"
Leonardo da Vinci.
El tránsito del “Quattrocento” al “Cinquecento” lo encarna de modo excepcional Leonardo da Vinci (1452- 1519), que ha sido considerado siempre uno de los más altos espíritus que ha producido la humanidad. Hombre de una enorme curiosidad, desea desentrañar la realidad, su apariencia y su sentido; por eso arte, ciencia, y filosofía van en él estrechamente unidas. Discípulo de Verrochio, duda entre la escultura y la pintura, pero aunque cultiva las dos, se siente especialmente pintor e ingeniero. A la vez es un escritor incesante que ha dejado, en una enorme serie de manuscritos anotados, observaciones de un enorme valor sobre todas las cosas, algunas de ellas de enorme interés anticipatorio, sobre todo en aspectos tecnológicos. Como pintor, su gran creación es el “esfumato”. Artificio pictórico que consiste en prescindir de los contornos netos y precisos del “Quattrocento”, y envolverlo todo en una especie de niebla imprecisa, que difumina los perfiles y produce una impresión de inmersión total en la atmósfera. El paisaje adquiere así una misteriosa dimensión, y los personajes un encanto distante y enigmático. Preocupado por la solución de problemas técnicos, pintó poco en realidad. Estuvo al servicio de la ciudad de Florencia – para la que preparó un cartón para un fresco en la gran sala del Palacio de la Signoria con la Batalla de Anghiari, de exacerbado dinamismo, queno llegó a ejecutar, y que sólo conocemos por copias-, y Milán, al servicio de Ludovico Sforza, pasando por último a Francia, donde murió al servicio de Francisco I. Obras famosas son La Última Cena, fresco de Milán, de enorme interés como estudio de la psicología de los apóstoles ante las palabras de Cristo, y La Gioconda, retrato enigmático como pocos, que ha desatado infinidad de comentarios por su misteriosa impasibilidad. Otros cuadros, como La Virgen de las Rocas o La Virgen y Santa Ana, compuestos de modo riguroso, constituyen lo más seguro de su producción.
Tuvo muchísimos imitadores, especialmente durante su etapa milanesa (Boltrafio, Solario, Benardino Luini) que divulgaron y vulgarizaron su estilo, a veces con evidente calidad. Su influencia fue definitiva también para la formación de artistas de primer orden como Rafael o Correggio.
Rafael.
Rafael Sanzio de Urbino (1483- 1520), a pesar de lo breve de su existencia es quizá el artista que representa mejor que nadie la perfección del clasicismo. Dotado de una maravillosa capacidad de síntesis, su estilo se va formando al contacto con el de sus contemporáneos, que sabe asimilar y convertir en algo nuevo y personal. En su primera juventud, la influencia de Perugino es decisiva, con modelos humanos de delicadeza extrema y ordenación compositiva simétrica y en planos paralelos (Desposorios de la Virgen). Después, una estancia en Florencia le pone en contacto con Leonardo da Vinci, asimila inmediatamente su composición triangular y equilibrada, y el delicado esfumato que incorpora a sus más famosa Madonnas y a sus retratos femeninos, en los que es evidente el eco de La Gioconda. Por último, al instalarse en Roma en 1508, entra en contacto con Miguel Ángel y transforma aún más su estilo, dotándolo de una grandiosidad monumental nueva. Las obras realizadas es estos años, constituyen una de las más maravillosas realizaciones de toda la historia del arte, tanto los cuadros aislados (Entierro de Cristo, Madonna de Foligno) como, sobre todo, en las decoraciones al fresco que realiza en el Palacio Vaticano, en la serie deslumbrante de las Estancias de la Signatura, (1509- 1511) de La Expulsión de Heliodoro (1512- 1514), del Incendio del Borgo (1517), y de Constantino (1520). Consigue aquí, en esta sucesión de salas realizadas en colaboración de un taller pero bajo su dirección y después de amplios estudios, crear un mundo de maravillosa armonía donde motivos de la tradición clásica (El Parnaso, La Escuela de Atenas) se armonizan con episodios de la historia de la Cristiandad, mostrando el equilibrio ideal que el humanismo buscaba. Pero es significativo que, simultáneamente a la realización de estos frescos, surja el fenómeno de la Reforma, que había de demostrar lo ilusorio de ese maridaje. A Rafael y a sus discípulos inmediatos (Giovanni de Urdine, Julio Romano, Perino del Vaga, etc.) se debe también la difusión de la decoración de grutescos, directamente inspirada en lo visto en la Domus Aurea de Nerón, recién descubierta.
Las últimas obras de Rafael, los cartones para la serie de tapices de los Hechos de los Apóstoles, y la gran Transfiguración (1520), que dejó inacabada, muestran ya, junto a una grandiosidad miguelangelesca, rasgos del nerviosismo y crispación del Manierismo que se muestra, abiertamente, en la obra de sus discípulos, dispersados por toda Italia con el saqueo de Roma por las tropas españolas en 1527.
Miguel Ángel.
Estudiado ya como arquitecto y como escultor, Miguel Ángel cultivó también la pintura y ejerció en ella una influencia capital. Sintiéndose fundamentalmente escultor, en su pintura concede primordialmente importancia al dibujo anatómico y al volumen, desdeñando el paisaje y el colorido y atendiendo ante todo a construir figuras poderosas en actitudes con frecuencia difíciles, que le permiten alardes de escorzos y de movimientos. Su primera obra de envergadura hubo de ser la Batalla de Cascina, mural del Salón del Palacio de la Signoria, donde habría de enfrentarse al de Leonardo. Como sucedió con el de su compañero, no llegó a ejecutarlo, pero el gran cartón preparatorio, hoy destruido, fue mucho tiempo el modelo donde aprendieron a dibujar generaciones de jóvenes artistas. En Roma, por orden del Papa Julio II, hubo de realizar su gran obra maestra: la decoración de la Bóveda de la Capilla Sixtina, verdadero y deslumbrante canto al cuerpo desnudo, obra cumbre de la creación. Todo el vasto techo está dividido en compartimentos por unas arquitecturas fingidas, pilastras, cornisas y pedestales, donde se sientan, en las más variadas actitudes, bellos jóvenes desnudos. En los recuadros se presentan escenas del génesis, y figuras monumentales de Profetas y Sibilas completan el deslumbrante conjunto.
Ya en su madurez, en 1533- 40, recibe el encargo de completar la Capilla con el enorme Juicio Final del testero. La perfección clásica y el equilibrio, aún en lo sobrehumano, que mostraba el techo, cede el paso aquí a un desbordamiento dramático y a una violencia pesimista que puede considerarse ya manierista, en su desdén por la claridad y su complacencia en lo caprichoso. Las figuras se enroscan sobre sí mismas, los músculos se hinchan y hay un sentimiento general de retorcimiento en un espacio que, voluntariamente, no queda definido. Sus últimas obras pictóricas (decoración de la Capilla Paolina) llegan por este camino al manierismo más extremado, utilizando en el mismo conjunto dos ángulos de visión distintos, suprimiendo caso por entero las alusiones al espacio envolvente y forzando las musculaturas hasta lo inverosímil.
Su influencia fue decisiva en todo el Manierismo de la segunda mitad del siglo, pero su propio Juicio Final fue víctima del cambio de sensibilidad que trajo el Concilio de Trento, ya que se ordenó a su discípulo Daniel de Volterra que cubriese las excesivas desnudeces del fresco, considerándolo ya impúdico. |